Los sudores nocturnos suelen deberse al calor que se acumula alrededor del cuerpo mientras duermes, por lo general debido a una habitación demasiado cálida, ropa de cama pesada o prendas para dormir y sábanas hechas de materiales que no transpiran, como el poliéster o las mezclas sintéticas.
Ese calor retenido va en contra de un proceso que tu cuerpo intenta llevar a cabo de manera natural. Se supone que la temperatura corporal central debe bajar como parte del proceso de conciliar el sueño y permanecer dormido, y ese descenso es una de las señales que tu cuerpo utiliza para entrar en estado de reposo. Cuando el calor se acumula en lugar de escapar, bloquea ese enfriamiento, y la sudoración se convierte en la forma que tiene el cuerpo de forzar que la temperatura vuelva a bajar.
Sin embargo, no todos los casos se deben al entorno en el que se duerme. Los cambios hormonales, como la menopausia o los trastornos tiroideos, ciertos medicamentos, las infecciones y la ansiedad o el estrés pueden provocar sudores nocturnos por sí solos, independientemente de la temperatura del cuarto o de la ropa de cama.
Debido a ese solapamiento, conviene consultar con un profesional de la salud si se presentan sudores nocturnos frecuentes, intensos o sin causa aparente, especialmente si van acompañados de síntomas como fiebre, fatiga o pérdida de peso inexplicable.