El contexto que hace que la cuestión de los textiles sintéticos cobre especial importancia —más que, por ejemplo, una prenda sintética que se usa durante el día— es la duración y el contacto.
Una persona que duerme entre siete y ocho horas por noche pasa aproximadamente 2,900 horas al año en contacto directo de la piel con su manta. Esa cifra no toma en cuenta las siestas, las enfermedades ni el tiempo que se pasa leyendo o descansando en la cama. Se trata de una estimación conservadora de la exposición continua de la piel al material del que esté hecha la manta.
Durante el sueño, la relación del cuerpo con su entorno material inmediato cambia de maneras significativas. La temperatura corporal central desciende, pero la temperatura periférica de la piel aumenta a medida que el cuerpo intenta liberar calor. La sudoración aumenta: una persona que duerme normalmente pierde entre 200 y 700 mililitros de humedad durante la noche, la mayor parte de la cual sale a través de la piel. El sudor, al abrir los poros y crear una superficie húmeda, aumenta la superficie de contacto de la piel con cualquier cosa que se presione contra ella.
Este es el periodo de contacto que distingue a la ropa de cama de casi cualquier otro tejido del hogar. Un cojín de sofá no está en contacto con la piel cálida, de poros abiertos y transpirante durante ocho horas. Una cortina no está en contacto directo con el cuerpo en absoluto. Una manta sí lo está —y durante un tiempo, y en condiciones fisiológicas, que son especialmente propicias para la interacción del material con el órgano más grande del cuerpo.
La pregunta de qué hace una manta de poliéster durante esas 2,900 horas al año no es algo abstracto. Se trata de saber qué material está en contacto constante con la piel humana en condiciones diseñadas específicamente —por la propia fisiología del sueño— para maximizar ese contacto.